Lo abriste, lo miraste y cerraste la pestaña.
Lo vas a hacer mañana, como dijiste ayer, y anteayer.
No es que no puedas hacerlo. Sabes exactamente qué tienes que hacer y cuánto te tomaría.
Y aun así te la pasas limpiando la cocina, que de golpe te parece urgente, y después llega la culpa, que tampoco te sirve para arrancar mañana.
Aquí tienes qué encontró la investigación sobre por qué postergas y seis cosas que sí cambian algo en la práctica.
Ninguna de las seis te va a pedir más fuerza de voluntad, porque el problema casi nunca está ahí.
Qué es procrastinar, exactamente
Procrastinar es dejar para después algo que querías hacer, sabiendo que te va a salir peor.
Fíjate en las dos partes, porque de ahí sale todo lo demás.
Querías hacerlo y sabes que postergarlo te perjudica. Eso es lo que lo separa de descansar.
Descansar no te deja culpa; procrastinar te deja el rato libre arruinado.
| Descansar | Procrastinar |
|---|---|
| Lo elegiste | Se te fue de las manos |
| Vuelves entero | Vuelves con culpa |
| Tiene principio y final | No sabes cuándo terminó |
| Después rindes mejor | Después rindes peor |
¿Cuál de las dos columnas describe mejor tu última tarde libre?
No es pereza: es lo que haces con el malestar
La tarea te hace sentir algo feo
Un análisis reunió 691 correlaciones sobre las causas de la procrastinación (Steel, 2007).
Lo que más predijo postergar fue que la tarea resultara desagradable y que la persona dudara de poder hacerla.
También pesó la impulsividad: cuánto te lleva lo que aparece delante.
Lo que casi no pesó fue el carácter rebelde ni la búsqueda de emociones fuertes.
O sea que la historia del que posterga porque le gusta el riesgo no se sostuvo.
Los cuatro motivos que más se repiten
En consulta aparecen casi siempre los mismos cuatro, y ninguno se parece a la pereza.
El primero es el miedo a que quede mal, que se disfraza de estar buscando el momento adecuado.
El segundo es el aburrimiento: hay tareas que no te dan nada mientras las haces; el tercero es que la tarea es enorme y no sabes por dónde se agarra.
El cuarto es que no sabes cómo se hace y no quieres admitirlo delante de nadie.
Ese último es el que más tiempo hace perder, porque preguntar te llevaría diez minutos.
Fíjate cuál de los cuatro te está frenando hoy, porque cada uno se destraba distinto.
Postergar es la manera más rápida de sentirte mejor
Dos investigadores lo plantearon así: postergas para arreglar cómo te sientes ahora (Sirois y Pychyl, 2013).
El problema es que ese arreglo dura poco y el que paga es tu yo de mañana.
Cuando cierras la pestaña, el malestar baja de verdad. Esa bajada es lo que tu cabeza aprende, y por eso lo repites.
¿Notaste que casi siempre postergas las mismas tareas y no otras?
Lo que te cuesta de verdad
Aquí hay un dato que ordena bastante y que casi nadie cita: dos estudios siguieron a estudiantes durante un cuatrimestre (Tice y Baumeister, 1997).
Al principio, quienes postergaban tenían menos estrés y menos enfermedades que el resto.
Sobre el final se dio vuelta: más estrés, más enfermedad, y peores notas en todos los trabajos.
Es una muestra de estudiantes y de una época concreta, así que no lo estires demasiado.
Pero la forma de la curva se parece bastante a lo que la gente cuenta en consulta.
El perfeccionismo, la versión disfrazada
Esta es la que más cuesta reconocer, porque no se siente como postergar: si crees que va a quedar por debajo de lo esperado, no empezar te protege de comprobarlo.
Mientras no lo hagas, todavía podría salir bien. Ese es todo el negocio.
Lo que suele destrabarlo es cambiar la meta: en vez de que quede bien, que quede terminado y feo.
Si el problema es la exigencia y no la tarea, te ordena tener todo bajo control.
Seis cosas que sí cambian algo
Uno: decide cuándo y dónde
Los planes con formato de cuándo y dónde funcionan mucho mejor que las buenas intenciones (Gollwitzer, 1999).
No es «esta semana me pongo», sino «mañana a las nueve, en la mesa de la cocina, abro el archivo».
Suena demasiado simple para servir, y es de lo poco que se midió con resultados sólidos.
Dos: haz la tarea más chica de lo que crees
«Ordenar los papeles» no es una tarea: es una categoría.
Divide hasta que el primer paso sea algo que puedas describir en cinco palabras.
Si te da vergüenza de lo chico que quedó el paso, recién ahí está bien.
Tres: empieza por dos minutos
No te propongas terminar: proponte estar dos minutos con eso abierto.
Casi siempre arrancar cuesta más que seguir, y esos dos minutos te sacan del punto muerto.
Si a los dos minutos lo dejas, igual cumpliste. Ese es el trato y conviene respetarlo.
Casi nunca lo dejas, y ese es justamente el truco.
Cuatro: saca la distracción de la habitación
Tu fuerza de voluntad rinde mucho menos que la distancia física: el teléfono en otro cuarto te va a resultar más fácil que el teléfono al lado en silencio.
Diseña el ambiente y deja de pelearte contigo.
Cinco: perdónate el episodio anterior
Este es contra intuitivo y está medido.
Un estudio con estudiantes encontró que perdonarse por haber postergado antes de un examen se asoció a postergar menos antes del siguiente (Wohl y cols., 2010).
Reprocharte no te ordena: te agrega un motivo más para evitar la tarea.
Cómo te hablas cuando algo te sale mal lo desarrollamos en diálogo interno.
Seis: ponle hora al descanso
El descanso sin final es el que te come la tarde.
Si te tomas un rato, ponle un límite claro antes de empezarlo, no durante.
Un descanso de quince minutos con alarma te devuelve a la tarea; uno sin alarma te devuelve a la noche.
¿Cuál de las seis te suena más incómoda de probar?
Lo que no funciona
- Esperar a tener ganas: las ganas suelen venir después de empezar, no antes.
- Prometerte una jornada completa el sábado.
- Hacer una lista larguísima y sentir que ya hiciste algo.
- Amenazarte con lo mal que te va a ir si no lo haces.
- Buscar la app perfecta antes de hacer la primera tarea.
Casi todo lo que no funciona tiene la misma forma: te da alivio hoy y no toca lo que evitas.
Fíjate cuántas de esas cinco venías usando como si fueran soluciones.
Cuándo deja de ser un tema de organización
A veces postergar es el síntoma y no el problema, y conviene mirarlo con más atención en estos casos.
- Cuando te pasa con todo y no con una tarea puntual.
- Cuando ya tiene consecuencias reales en tu trabajo, tu salud o tus estudios.
- Cuando no puedes sostener la atención en nada, ni en lo que te gusta.
- Cuando abajo hay ánimo bajo, ansiedad o un cansancio que no cede.
Si lo tuyo es más la cabeza que no para, mira cómo dejar de pensar tanto.
Y si lo que te frena es el agotamiento, te ubica mejor cansancio mental.
Cómo saber si estás mejorando
No lo vas a notar en un día: se nota en el promedio de dos o tres semanas.
- Arrancas antes, aunque avances lo mismo.
- El rato de descanso ya no te deja culpa.
- Las tareas llegan menos veces al último día.
- Cuando postergas, vuelves más rápido en vez de perder la semana.
Si nada de eso se mueve, no insistas con más listas ni más apps.
El problema deja de ser de método cuando probaste varios métodos y ninguno te duró.
Postergar una tarea es un tema de organización. Postergar tu vida entera ya no lo es.
Un enfoque que trabaja justamente esto es la terapia cognitivo conductual.
Un último consejo, que no estaba arriba
Deja de medirte por lo que hiciste y empieza a medirte por a qué hora arrancaste.
Es lo único de esta lista que puedes controlar del todo, y arrastra a todo lo demás.
Si arrancas a horario y la tarea sale a medias, ese día contó igual.
Y si quieres cuidar esto como un hábito y no como una emergencia, te sirve higiene mental.
¿Cuál es la tarea que llevas más tiempo mirando de reojo?
Fuentes consultadas
- Steel, P. (2007). The nature of procrastination: A meta-analytic and theoretical review of quintessential self-regulatory failure. Psychological Bulletin, 133(1), 65–94. doi.org/10.1037/0033-2909.133.1.65
- Sirois, F., & Pychyl, T. (2013). Procrastination and the priority of short-term mood regulation: Consequences for future self. Social and Personality Psychology Compass, 7(2), 115–127. doi.org/10.1111/spc3.12011
- Tice, D. M., & Baumeister, R. F. (1997). Longitudinal study of procrastination, performance, stress, and health. Psychological Science, 8(6), 454–458. doi.org/10.1111/j.1467-9280.1997.tb00460.x
- Gollwitzer, P. M. (1999). Implementation intentions: Strong effects of simple plans. American Psychologist, 54(7), 493–503. doi.org/10.1037/0003-066X.54.7.493
- Wohl, M. J. A., Pychyl, T. A., & Bennett, S. H. (2010). I forgive myself, now I can study: How self-forgiveness for procrastinating can reduce future procrastination. Personality and Individual Differences, 48(7), 803–808. doi.org/10.1016/j.paid.2010.01.029