Por Lic. Mario Guerra — Psicólogo clínico, especialista en infidelidad y crisis de pareja. Director de Psicología On The Go.
Hay una frase que muchas parejas SUD repiten como sostén cuando el matrimonio tambalea: las familias son eternas. Es una doctrina profundamente arraigada, y para millones de personas es una fuente genuina de fortaleza.
Pero cuando hay una infidelidad, esa misma frase puede convertirse en una trampa.
El peso del matrimonio eterno
En la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, el matrimonio sellado en el templo no es solo un contrato civil. Es un vínculo espiritual que, según la doctrina, trasciende la muerte. Esa convicción tiene un efecto poderoso sobre cómo las parejas viven la infidelidad y, sobre todo, sobre cómo se sienten autorizadas —o no— a reaccionar ante ella.
Cuando la persona traicionada contempla la posibilidad de separarse, rara vez lo hace solo desde el dolor personal. Lo hace desde la tensión entre lo que siente y lo que cree que significa “proteger la familia eterna”. Esa tensión es real y agota.
Al mismo tiempo, la doctrina SUD valora profundamente el perdón. Y si bien el perdón es un principio genuinamente sanador cuando llega en el momento adecuado, cuando se convierte en una expectativa externa impuesta por el entorno —la familia, los líderes, la comunidad— puede interferir directamente con el proceso de recuperación clínica.
El proceso de confesión y sus consecuencias no lineales
En la Iglesia SUD, las transgresiones graves — incluyendo la infidelidad — típicamente requieren una confesión al obispo. Ese proceso puede derivar en consecuencias disciplinarias: pérdida de la recomendación del templo, restricciones de participación, o en casos extremos, excomunión.
Para el cónyuge infiel, este proceso tiene implicaciones espirituales y comunitarias significativas. Para la persona traicionada, el escenario puede ser aún más complejo: en algunos casos, se entera de la infidelidad a través del proceso institucional, no directamente de su pareja. Descubrir la traición a través de terceros —sea el obispo, un líder de estaca o un familiar— es una fuente adicional de trauma que va más allá de la infidelidad misma.
El obispo cumple un rol espiritual valioso. Pero no es un terapeuta. El acompañamiento que puede ofrecer no reemplaza el trabajo emocional y relacional que requiere sanar una traición, y tampoco está diseñado para hacerlo.
Lo que pasa cuando la comunidad no es el lugar para hablar
Al igual que en otras comunidades religiosas cerradas, uno de los factores que complica más la recuperación es la falta de un espacio donde hablar sin consecuencias.
Hablar con familiares dentro de la Iglesia activa dinámicas comunitarias. Hablar con líderes activa procesos disciplinarios. Hablar con amigos de la congregación expone la situación a una red social que es, al mismo tiempo, la única red social disponible.
El resultado es un silencio que daña: la persona traicionada guarda para adentro algo que necesita procesarse hacia afuera.
Las dinámicas específicas en comunidades latinas SUD
La Iglesia SUD tiene una presencia significativa entre comunidades latinas en EEUU, especialmente en California, Nevada, Arizona, Utah, Florida y Texas. Muchos miembros latinos llegaron a la Iglesia durante su proceso migratorio, lo que añade una capa adicional: la comunidad religiosa es también, frecuentemente, la red de contención frente al desarraigo.
Eso hace que el costo percibido de “salir del sistema” —sea separarse, buscar ayuda afuera, o simplemente hablar con alguien externo— sea aún más alto. La Iglesia no es solo la fe. Es la red de trabajo, los amigos, los vecinos, los cuidadores de los hijos. Perturbar eso tiene consecuencias reales.
Qué puede ofrecer la terapia en este contexto
La terapia psicológica no entra en conflicto con la fe SUD ni con ninguna otra. No va a pedirte que abandones tus creencias, que te separes, que perdones antes de estar listo/a, ni que tomes ninguna decisión en particular.
Lo que puede ofrecer es un espacio verdaderamente neutro y confidencial donde procesar la traición sin las consecuencias que tiene hacerlo dentro del sistema congregacional.
Para la pareja que quiere reconstruir, la terapia puede trabajar la confianza, la comunicación y el proceso de reparación sin que el obispo o la comunidad estén implícitamente presentes en la conversación.
Para la persona que todavía no sabe qué quiere, puede ser el espacio para ordenar lo que siente antes de tomar cualquier decisión — sobre el matrimonio, sobre la congregación, sobre su propio bienestar.
Y para quien ya tomó una decisión, puede acompañar el proceso de cierre o de reconstrucción con las herramientas clínicas que esa etapa requiere.
Cuándo buscar ayuda
Si atravesás una infidelidad siendo miembro de la Iglesia SUD y sentís que no encontrás un espacio donde procesar lo que pasó sin consecuencias externas, la terapia psicológica puede ser ese espacio.
Nuestro equipo de psicólogos especializados en infidelidad trabaja con parejas latinoamericanas en Argentina y con la comunidad latina en Estados Unidos. Atendemos en línea, en español, y la primera consulta es sin cargo.
Si prefieren empezar de a uno, también trabajamos con terapia individual para quienes necesitan ordenar lo que sienten antes de decidir si van en pareja.
Fuentes: Pew Research Center — Mormons in America (2012) | Johnson, S.M. (2008). Hold Me Tight. Little, Brown Spark. | Glass, S. (2003). Not “Just Friends”. Free Press.